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Territorio de Escritores |
1.- Cultura y dependencia.
Su cultura es la cédula de
identidad de un pueblo. Y el conjunto de aspectos culturales que hacen a un
estado – su “cultura grande”
– es lo que caracteriza a una nación.
Toda dependencia comienza con
la dependencia cultural. Cuando un pueblo impone su modo de ver (y por ende de
actuar) a otro,
entonces ha logrado sujetarlo, pues disuelve lo que le es propio e inyecta algo
de naturaleza ajena. Por esto, desde lo más antiguo
de la Humanidad se observó que la única conquista posible, la duradera, es la
conquista conseguida a través del cambio de la
cultura autóctona por la que el conquistador exporta.
Es interesante observar que la
Historia muestra, incluso, claros ejemplos de pueblos que sometieron a otros por
las armas, donde los perdedores triunfaron, luego, sobre sus verdugos infiltrándoles
cultura.
2.- ¿A qué puede llamarse
cultura?
“Cultura” es el conjunto
de determinadas maneras, propias, con las cuales una comunidad se relaciona con
su entorno y que
enfrenta la vida con un sistema de pensamientos construidos por esa misma
sociedad a través de las generaciones.
La cultura es un producto
espontáneo, pero que surge con trazos de la creatividad acumulada mediante
historias de vida,
inquietudes, intereses sociales, necesidades de los tiempos, acuerdos surgidos y
transformados en costumbres.
La cultura define – hacia
adentro - una manera de reconocerse y hacia fuera una forma perceptible para ser
identificado.
Obviamente, la cultura no
“es”, sino que “va siendo”. Salvo en las civilizaciones muertas, la
cultura está muy distante de ser algo
acabado, puesto que sus transformaciones son permanentes (inclusive debido al
intercambio con “otras culturas”), pero en ningún
momento pierden los rasgos característicos y las raíces identificatorias.
De aquí que todo lo referente
a la cultural tenga que ser una parte de los asuntos privilegiados a tener en
cuenta por cualquier política
de estado.
3.- El trabajador de la
cultura.
Entendemos por trabajadores de
la cultura a los artesanos, artistas plásticos, músicos, escritores,
intelectuales, científicos, escultores,
actores, autores en todas las formas posibles de la creación; y, en general, a
todos quienes tengan relación con hechos culturales
surgidas en suelo argentino.
4.- La política cultural.
Toda política cultural tiene
que atender, esencialmente, al conocimiento, trabajo y desarrollo de aquellas
manifestaciones culturales
que tienen lugar en suelo argentino. Esto implica la consideración de muy
diferentes aspectos que van desde las relaciones con
factores geológicos y climáticos hasta cuestiones genéticas.
Desde la Nación se dable
trabajar por la cultura atendiendo, concretamente, a las manifestaciones de
cultura regional menos
difundidas en estos tiempos por los medios masivos como la radio, la televisión
y el periodismo gráfico.
5.- ¿Secretaría de Cultura
de la Nación o Ministerio de Cultura y Educación?
La existencia de una
Secretaria de Cultura dependiente de la Presidencia de la Nación Argentina es
fundamental. Pero mucho más
importante y visionario, será contar nuevamente con un Ministerio de Cultura y
Educación de la Nación. Ya en el enunciado mismo
de este organismo se inserta primero el término “cultura” y luego
“educación”; puesto que para que sea posible educar es necesario
hacerlo desde los intereses, propuestas y necesidades de la cultura que nos
identifica. De allí que los modelos educativos no puedan exportarse de una nación
a otra; salvo – claro está – en lo que hace a algunos esquemas generales.
Trabajar por la cultura no es
la realización de multitudinarios espectáculos donde actúan figuras ya muy
conocidas por ser
ampliamente promovidas por la industria mundial del espectáculo. Es labor del
gobernante proveer de la ayuda necesari
– financiera y promocional – a los trabajadores de la cultura que no cuentan
con apoyo industrial alguno.
6.- Industrias culturales.
Existe la industria discográfica,
la industria editorial (diarios, revistas y libros), la industria cinematográfica,
la industria televisiva,
la industria de espectáculos teatrales y artísticos en general.
La labor de gobierno es
atender a las necesidades de todas estas industrias, siempre y cuando las mismas
den cabida a los
trabajadores de la cultura que – en la actualidad – no tienen espacio en el
mercado ya impuesto.
La labor del Estado no debe
ser la de convertirse en empresa misma, sino en cuidar que las existentes y
aquellas por fundarse
sirvan de fuente laboral a nuestos trabajadores de la cultura de todas las
regiones del país.
El Estado tiene que garantizar
la profesionalización del trabajador de la cultura. Hoy en día, para la mayoría,
dedicarse a lo cultural
es lo mismo que dedicar tiempo y esfuerzo a un entretenimiento, hecho por
“amor al arte”, carente de todo pago y, además, por lo
habitual sin reconocimiento alguno.
Una profesión implica la
existencia de alguien que por contar con un conocimiento determinado obtiene el
derecho a percibir una
remuneración cuando ejerce su actividad.
Sin embargo, desde hace décadas,
el trabajador de la cultura – salvo algunos casos muy especiales como sucede a
través de
Argentores y Sadaic – carece de toda protección, nunca ha visto sus derechos
sociales, no tiene cobertura médica, ni aportes
jubilatorios. Por ejemplo, miles de escritores en todo el país peregrinan de
manera humillante para publicar un par de carillas o un
poema en algún medio o encuentran que cuando se les pide un artículo o una
conferencia, ni siquiera el solicitante aporta unas
monedas. Con músicos y actores ocurre otro tanto. Y los artistas plásticos. Y
así podríamos continuar con una larga lista.
Los derechos de autor son el
salario del trabajador de la cultura. Empero esto no es reconocido. No sólo en
el campo privado,
muchas veces ni siquiera en el gubernamental, donde – en todo el país –
suelen planificarse actividades en las que nunca hay
presupuesto para el autor, aun que sí para los demás participantes. Parece
estar claro que un sonidista cobra por su trabajo, que un transportista cobra
por llevar a los actores, que un electricista pasa una factura por ocuparse que
no haya cortocircuitos durante la
conferencia; pero al autor debe hacer gratuitamente su trabajo y, en caso de
tener la osadía de querer hacer valer sus derechos
puede recibir como respuesta (que varias veces nos tocó escuchar) un
denigrante: “Ah, pero lo suyo es comercial...”
De allí que prácticamente la
totalidad de los trabajadores de la cultura en la Argentina tengan que dedicar
su tiempo de creación
en tareas ajenas a sus intereses, pero que les permiten ganar algún dinero para
sustento propio y de sus familias.
Por lo tanto, toda obra
gubernamental en lo cultural tiene que llevar a una transformación de esta
equivocada y peligrosa manera
de pensar, que determinados intereses han conseguido
establecer en la mente de los ciudadanos.
“La cultura debe ser
gratuita.” Esto, según sea el enfoque puede ser correcto. Pero no significa
en modo alguno que el autor
o trabajador de la cultura no tenga derecho a cobrar y que quien solicitó de su
tarea no tenga la obligación de pagar. Quien
organiza un espectáculo puede tener razones para dar entrada libre; pero no
existen éstas para no abonar los honorarios
correspondientes a los autores.
7.- Un caso emblemático: El
desamparo de los escritores argentinos.
Los escritores en la Argentina
están totalmente desamparados. Salvo en alguna que otra provincia donde se han
sancionado
leyes de pensión para escritores que cumplan ciertos requisitos razonables.
Pero, fuera de eso, carecen de todo tipo de protección
y defensa de sus derechos. Algunos escritores, de los llamados “consagrados”
publican con relativa facilidad, pero rara vez están
de acuerdo el pago que reciben. Sus derechos de autor los reciben muy de vez en
vez y mediante liquidaciones a las que el autor
difícilmente puede auditar. Tenemos el caso de importantes escritores cuyos
libros se venden siempre y que, sin embargo, nunca
(no es error, “nunca”) recibieron un peso por ello. Otros, prefieren
asegurarse un cobro por anticipado (al firmar el contrato) por que
es lo único seguro con que pueden contar.
Concretamente, en la
Argentina, no hay un escritor que pueda vivir sólo con sus derechos por venta
de libros. Algo que, en cambio,
es muy usual en Estados Unidos y Europa.
La Sociedad Argentina de
Escritores (SADE) desde hace décadas viene bregando por una ley que la
convierta en organismo de
gestión capaz de cobrar los derechos autorales de los escritores tal como lo
hacen Argentores y Sadaic con otros creadores.
Pero hasta el momento, y por muchos apoyos que se hayan recibido en cada época,
no ha habido en el Congreso de la Nación
interés por la aprobación de un proyecto cuya trascendencia es innecesario señalar.
Sobre este tema en particular hay legislación
en todos los países del
llamado “Primer Mundo”, en
algunos de los cuales los escritores perciben inclusive remuneración por hojas
fotocopiadas de sus
textos.
Podemos perfectamente
inspirarnos en las legislaciones vigentes en otros países para conocer
cabalmente cómo se puede hacer –
de manera concreta y efectiva – para otorgar a los trabajadores de la cultura
argentinos un campo fértil de labores que les permita
encontrar la tranquilidad necesaria para una productiva realización de sus
obras. Por que es en esas manifestaciones donde está
la luz requerida para “educar al soberano”.
Buenos Aires, febrero de 2007
Licenciado en Periodismo y
Comunicaciones (U.A.J.F.K.)
Doctor en Psicología Social. (U.A.J.F.K.)
Profesor asociado del Departamento de Comunicaciones de la Universidad Argentina
John F. Kennedy
Presidente del Instituto Humanístico de Buenos Aires
Secretario General de la SADE, Sociedad Argentina de Escritores (1998/2002)
Consejero titular de la Fundación El Libro, organizadora de la Feria Exposición
Internacional de Buenos Aires,
“El Libro, del Autor al Lector”
Correo electrónico: prensa_alasheras@yahoo.com.ar
Telefax: (011) 4371 4788